Médico Forense

Habían pasado ya tres años desde los asesinatos, pero aún necesitaba el Dr. Antonio Becco dos Valium y una copa de tequila para poder dormir sin tener horrendas pesadillas. Sin embargo, no podía evitar seguir sintiéndose culpable cuando pensaba en ello. El tequila y las pastillas ayudaban a eso también. Hacía ya un año y medio que lo habían corrido de la morgue por llegar borracho a trabajar.

Toño siempre había sido un hombre solitario, aún cuando todavía practicaba. Siempre le había costado trabajo relacionarse con otros doctores. Éstos parecían creer, aunque nunca se lo dirían en su cara, que el hecho de que fuera médico forense y homosexual lo hacía automáticamente un degenerado sexual.  A él no le importaba lo que pensaran, nunca había sido un hombre de muchos amigos. En realidad, su único amigo era Julián Olvera, un inspector de la policía con quien había trabajado años antes en el famoso caso de la muerte del señor Salim.

En cuanto a sus parejas amorosas, Toño había tenido exactamente dos relaciones largas.  La primera había sido con Armando, su primer amor, cuando tenía apenas 18 años y había durado cuatro años. Se conocieron en el último año de preparatoria, Armando pasó a estudiar economía y él entró a medicina. Armando le había enseñado todo lo que sabía sobre el amor y las relaciones. Había sido él que le enseñó a no dar importancia a lo que otros pensaran y ser feliz con su estilo de vida. Ésta relación terminó cuando Toño se diera cuenta que ése amor pasional que existe al comienzo de una relación ya había desaparecido entre ellos y que sólo seguían juntos por rutina.

La segunda relación de Toño fue con Manuel. Ésta relación fue completamente distinta a la que tuvo con su primera pareja. Con Armando, la relación se basaba en amor y respeto mutuo, era una relación tierna y cariñosa. Con Manuel, en cambio, la relación era un torbellino basado en el deseo sexual y la pasión. Toño conoció a Manuel, cuando tenía 26 años, en un bar gay al que unos conocidos lo habían convencido de ir. Desde el momento en que se vieron la química entre ellos fue innegable. Ésta relación, con altos muy altos y bajos muy bajos, duró tres años. Finalmente fue Toño el que terminó con Manuel al darse cuenta de que no le hacía ningún bien estar con él. Manuel se rehusaba a aceptar que la relación acabara, por lo que terminaron en muy malos términos y cortaron toda clase de comunicación.

Había pasado poco más de un año de que Toño terminara su relación con Manuel, cuando un día recibió una llamada para ir a recuperar un cuerpo en el Pedregal de San Ángel.  En un principio él no reconoció la dirección, pero al irse acercando cayó en cuenta de que se dirigía a un lugar que hacía años no visitaba: el Liceo Japonés. No había pisado ése lugar desde que, en primero de secundaria, perdió su beca y tuvo que transferirse a una secundaria pública.

Al entrar en el recinto, le vinieron de vuelta todos los recuerdos de su infancia. Los oficiales de policía que se encontraban en el lugar lo llevaron a la oficina del director, en donde se encontraba el cuerpo. Toño recordaba perfectamente ésa oficina, fue ahí en donde le dijeron que no había tenido el promedio mínimo para mantener la beca y que tenía dos opciones: empezar a pagar, o cambiarse de escuela. El tener que dejar atrás a los amigos con los que había crecido había sido uno de los momentos más tristes de su vida.

Al entrar en la oficina, Toño notó que nada había cambiado. El escritorio aún estaba tan impecable como siempre, los estantes de los libreros ordenados de forma obsesiva y las fotografías de generaciones de egresados todavía cubrían la pared detrás del escritorio. Entonces Toño volteó su atención al cuerpo delante de él. Se trataba de un hombre, de aproximadamente unos sesenta años, que yacía en el piso de la oficina. No había forma de saber la edad exacta del hombre, ni mucho más, por su cara. Ésta había sido golpeada tan severamente que no se reconocían ninguna de las facciones.

Toño tomó la temperatura hepática del cuerpo y declaró al inspector en el caso que llevaba aproximadamente diez horas muerto. Examinó el cuerpo y, tras ver que no había otra aparente razón de muerte, empezó a preparar el cuerpo para transportarlo a la morgue. Fue entonces que notó el reloj en la muñeca del difunto. Era un reloj que él recordaba muy bien, hacía quince años que se lo había visto puesto a Sergio Trujillo en ésta misma oficina. El difunto era el director del Instituto. Estaba terminando la autopsia, cuando entró en la morgue el doctor Jorge Mayer, el Supervisor Médico General y jefe de Toño.

“Buenos días Dr. Becco.”, dijo con un gesto de desprecio. “El caso del señor Trujillo ha sido puesto bajo mi supervisión por petición del padre de uno de los niños del instituto.” Hizo una pausa en lo que tomaba el reporte de las manos de Toño y lo hojeaba. “Veo que la causa de muerte es un golpe severo en la base de la cabeza. Quiero que mande hacer todos los exámenes posibles al cuerpo y me mantenga informado de lo que descubra. Lo que sea.”

El Dr. Mayer dio la vuelta y salió del cuarto de autopsias, parando sólo un momento para levantar la sábana que cubría el cuerpo más cercano a la puerta. Después de cinco segundos, volvió a cubrir el cuerpo y salió del edificio. Toño sabía exactamente quién estaba bajo ésa sábana. Se trataba de una mujer de 25 años que había muerto de cáncer de pulmón. También sabía perfectamente porqué el Dr. Mayer se había parado a ver el cuerpo.

Había sido ya hace dos años que Toño descubrió el gran secreto de su jefe. Una noche había regresado a la morgue por unos fólders que había olvidado cuando notó que la policía que siempre permanecía en las noches en la entrada no estaba en su puesto. Esto le pareció extraño, pero tenía llaves, así que abrió y se hizo camino a su oficina. Para llegar ahí no tenía que pasar por el cuarto de autopsias, en donde se encontraban los cuerpos, por lo que no notó que había una luz prendida hasta que ya había tomado el archivo y apagado la luz de su escritorio. Estaba girando la perilla de la puerta que dividía su oficina y el cuarto de autopsias cuando escuchó una respiración acelerada que provenía del otro lado. Abrió la puerta silenciosamente y asomó la cabeza.

La luz provenía de una pequeña lámpara en el otro extremo de la sala. Toño entró y seguía escuchando ésta respiración aguda que cada vez subía en intensidad. Entonces notó que en la mesa más cercana a la lámpara había movimiento. Se acercó y pudo notar que había una pareja teniendo relaciones. El hombre se encontraba encima y Toño no alcanzaba a ver la cara de ninguno de los dos. Cuando se acercó más, el hombre se movió y la luz de la lámpara iluminó la cara de la mujer tendida en la mesa. Toño se quedó estupefacto por unos segundos al reconocer la cara de la mujer. Sus ojos  envidriados lo veían fijamente desde la mesa. Toño sintió un impulso incontenible y vomitó en el lugar en donde estaba parado. En ése momento el hombre, de quien provenían los gemidos, que Toño ya había bloqueado al ver la imagen de la mujer fallecida, se dio cuenta de que tenía compañía y volteó a verlo. Toño se paralizó aún más al ver al Dr. Mayer mirándolo fijamente, cubierto en sudor y con los pantalones en las rodillas. Toño no movió un músculo, mientras su supervisor se subía sus pantalones, sin romper el contacto visual, y después calmadamente salía del depósito de cadáveres. Pasaron varios minutos hasta que Toño pudo reaccionar y, sin limpiar el vómito de su ropa o el suelo o si quiera apagar la lámpara, se dirigió a su coche y fue a su casa.

Al día siguiente Toño llegó a la morgue pensando que todo debía haber sido una pesadilla horrible, ni siquiera los contenidos estomacales en los pantalones que había puesto en la lavadora lo convencieron de otra cosa. Al entrar, notó que tanto los de seguridad como los otros doctores lo veían de una forma diferente. Fue cuando salió a fumar en su descanso, que escuchó a uno de los médicos hablando con la policía que había terminado el turno de la noche, aquella que no había estado en su puesto la noche anterior. “Ayer regresó pasada la media noche, con la excusa de recoger unos documentos y una hora después el Dr. Mayer lo encontró teniendo relaciones con el cadáver de un chavito de 16 años,” decía la mujer policía al doctor, que la veía horrorizado.

Nunca presentaron una denuncia contra Toño por falta de evidencia, pero desde ése día, todos lo veían y lo trataban con desprecio y asco en la mirada. El, por su parte, nunca denunció al Dr. Mayer, sabía que sería su palabra contra la de él y que nadie le creería a un homosexual degenerado sobre un muy respetado Supervisor Médico General.

Toño se forzó a dejar de pensar en el Dr. Mayer y volvió a su trabajo. Terminó todas las pruebas y entregó su informe oficial. En los siguientes días no tuvo más noticias del caso. En el cuarto día llegó a un complejo de departamentos a donde había sido llamado a recoger un cuerpo. El difunto era un hombre de 30 años que vivía solo.  Hizo su examen del cuerpo y notó que había varias similitudes con la muerte del señor Trujillo. La cara había sido golpeada de la misma forma y la causa de muerte parecía ser, de nuevo, un golpe fatal, pero ésta vez en el lóbulo frontal. Cuando terminó su examen, reportando que llevaba 14 horas muerto, preguntó el nombre al inspector. “Mariano Jiménez” Le contestó. Toño estaba atónito. Era la segunda vez en una semana que veía a una persona conocida asesinada de ésta forma.

De regreso en la morgue, mientras realizaba la autopsia, Toño pensaba en la última vez que había visto a Mariano. Había sido hace ya más de diez años, cuando Toño conoció a Armando y salió, finalmente, del clóset. Mariano y Toño habían sido mejores amigos desde la secundaria y fue a él al primero que le dijo sobre su homosexualidad, después de sus padres. Al principio Mariano no lo creía, pero cuando notó que Toño no bromeaba se le abalanzó, tirándolo al piso y golpeándolo mientras gritaba: “¡Pinche puto! ¡¡Yo me he cambiado enfrente de ti!! ¡¡¡Eres un asco!!!”  Toño todavía podía sentir la cicatriz en la ceja derecha que había resultado de ésa golpiza.

Saliendo del trabajo Toño llegó a su casa, increíblemente cansado y con ganas de hablar sólo con una persona. Marcó el teléfono y quedaron de verse en su casa en una hora. Se metió a bañar, se vistió y exactamente a la hora acordada tocaron la puerta. Toño se sintió inmediatamente relajado al ver a Armando esperando del otro lado con una botella de Cuervo Tradicional, su favorito.  A pesar de que hacía años que habían terminado su relación amorosa, Toño y Armando seguían siendo mejores amigos. Toño sabía que para cualquier cosa siempre podría confiar en Armando. Él, en cambio había ayudado a Armando a superar una fuerte adicción a la cocaína que había tenido unos años antes. Nunca podría haber tenido una relación así con Manuel. Para él o estaban juntos o no, era así de sencillo.

Se sentaron en la sala del departamento de Toño y éste sacó unos caballitos y limones. Le contó todos los acontecimientos de los últimos días, mientras Armando escuchaba atentamente, fumando un cigarro tras otro.

“Pues mira, Toñito, en mi opinión los dos cabrones se merecían lo que les tocó por como se portaron contigo.” Dijo Armando, parecía agitado. Toño no lo había notado, pero al verlo ahora se preocupó.

“Mando, ¿estás bien? pareces acelerado,” contestó Toño, realmente preocupado por que su amigo hubiera vuelto a su vieja adicción. Nunca lo había escuchado decir algo así, Armando era increíblemente relajado y evitaba confrontaciones a toda costa.

“Estoy bien, no te preocupes por mi, ¿ok? Tienes cosas más importantes en qué pensar,” dijo mientras prendía otro cigarro, sin notar que el anterior seguía encendido en el cenicero.

“Bueno, Mando, no hablaré más al respecto, pero espero que vengas a mí si se sale de control, ¿eh?” Dijo Toño, sabiendo que ése era el único tema sobre el cual su amigo se dejaba llevar por sus pasiones.

Armando asintió con la cabeza y le preguntó a Toño si no había tenido más incidentes con su supervisor. Toño le había contado todo en una noche de tequilas como ésta hacía ya dos años.

“No, lo mismo de siempre. Me evita en lo posible, mientras a mis espaldas sigue difundiendo rumores de que me tiro a cualquier chavo que pasa por mi mesa,” respondió Toño. Ya habían tenido ésta conversación varias veces y siempre acababa haciendo corajes y mentando madres.

Toño notó de pronto que ya no quería tener compañía. Le dijo a Armando que estaba cansado y quedaron de hablar pronto. Cuando se fue su amigo, Toño se quedó otro rato tomando tequila mientras repasaba la semana que lo había llevado a recordar dos de los momentos más traumáticos de su vida. Ya iba por su cuarto tequila cuando su línea de pensamiento volvió a la conversación con Armando. Hacía años que no lo veía tan acelerado y distraído. ¿Por qué le había preguntado por el Dr. Mayer? Sabía perfectamente que no le gustaba hablar del tema. De pronto recordó una conversación que habían tenido hace algunos años, cuando Toño estaba ya con Manuel.

“Manuel es increíblemente apasionado en todo lo que hace” Había dicho Toño a Armando. “Estar con él es como tener fuegos artificiales. Nunca sé que va a hacer después. Varias veces me ha dicho que estaría dispuesto a morir y matar por mí. Es increíblemente romántico.” Armando lo escuchaba con atención y paciencia, como siempre lo hacía, a pesar de que ambos sabían que nunca lo había dejado de amar.

“No entiendo cómo te puede atraer un hombre así, honestamente Toñito. El tipo es un loco inestable.” Siempre era de esperarse ésta clase de comentarios como contestación de parte de Armando.

Pero ésa vez dijo algo diferente. “Yo podría ser igual de pasional. Yo mataría a cualquiera que te hiciera daño. Lo sabes, ¿no?”

Toño terminó su quinto tequila de un solo trago y se dispuso a detener a quien había cometido los asesinatos. De pronto sabía exactamente quién era. Ya iba a salir por la puerta, cuando un pensamiento cruzó su mente. Sabía cual era la siguiente persona en morir. El causante del trauma más grande de su vida y el motivo por el cual Toño era un exiliado en la sociedad médica. Tomó una decisión. Le daría unos días, no tendría que esperar mucho. Cuando el Dr. Mayer estuviera en su mesa, entonces entregaría a uno de sus dos grandes amores a las autoridades.