Oliva

Había una vez en un lugar muy muy lejano un reino en donde todos los habitantes vivían en paz. El rey y la reina eran regentes justos y dadivosos y se amaban el uno al otro. Un día especialmente bello de primavera, la reina dio a luz a una hermosa bebé, fruto de ése amor. La princesa tenía el cabello, rojo como el fuego, de su padre y la radiante sonrisa de su madre, pero fueron sus incandescentes ojos verde aceituna que inspiraron a la reina y al rey a llamarla… Oliva.

Oliva tuvo una infancia muy privilegiada, incluso para una princesita, tenía todos los juguetes que quería, tenía muchos amigos con quienes jugar y contaba con el amor incondicional del rey y la reina. Todos en el reino adoraban a la princesa, pues era cariñosa y bondadosa con todo a quien conocía.

Fue en el dieciseisavo cumpleaños de la princesa, que la vida de todos     los habitantes del reino cambió para siempre. Desde temprano en la mañana empezaron las festividades. Príncipes y princesas de todo el mundo fueron a festejar a Oliva. La princesa rió, cantó, jugó y comió pastel. Cuando la fiesta terminó ella estaba agotada, ni bien puso su cabeza en la almohada cuando cayó rendida en un sueño profundo.

Fue poco después que el cielo despejado de primavera se llenó de nubes negras, no se veía ni la luna ni las estrellas, todo era oscuridad. Todos dormían en el castillo cuando de pronto una luz verde se hizo camino a algunas habitaciones, quienes estaban en ellas fueron despertados abruptamente, pero antes de que pudieran gritar fueron envueltos por la luz y transformados en algo completamente distinto.

Fue en la madrugada cuando la gente empezaba sus días que se empezaron a oír los gritos de auxilio y de horror. Todos los príncipes que habían ido a la celebración de la princesa Oliva, habían desaparecido y en su lugar había sapos; verdes y asquerosos.

En poco tiempo todos aquellos que habían ido acompañando a los príncipes se encontraban enfrente del Rey y la Reina, suplicando por su ayuda. En las manos de cada uno, un anfibio lleno de verrugas. 

El Rey estaba en un aprieto, no sabía qué hacer, nunca había pasado algo así en su reino. Sin embargo, la Reina recordaba que cuando era niña su mamá le contó una historia. En ésa historia un príncipe había sido transformado en sapo por un terrible hechicera y sólo el beso de una princesa lo podía regresar a su forma natural.

El Rey mandó a llamar inmediatamente a todas las princesas invitadas, pero cuando les propuso que ayudaran a transformar a los príncipes a su forma original, todas se negaron. La idea de besar a un sapo les parecía tan asquerosa que muchas de ellas lloraron y pidieron regresar a sus propios reinos cuanto antes. 

Entre toda la confusión creada por la partida repentina de las princesas, Oliva desapareció. Cuando el Rey y la Reina lo notaron mandaron a toda la gente del palacio en su búsqueda. Pasaron horas y nadie la encontraba. Las familias de los príncipes estaban tan desesperadas como el Rey y la Reina, pues Oliva era su última oportunidad de transformar a los sapos en príncipes.

Ya había caído la noche cuando la Reina, caminando por las bodegas de vino, escuchó un pequeño suspiro. Oliva estaba escondida detrás de unas repisas, llorando. 

- ¿Mi dulce Oliva, pero qué te pasa? ¿Qué haces aquí escondida? Estaba muy preocupada por ti.- Le dijo la Reina mientras la acariciaba dulcemente.

- Mamá, quiero que ya se vayan todos los invitados, ¡ya no quiero ver a uno solo!

La Reina no entendía qué podría haber hecho que su tierna y cariñosa princesita se pusiera así. Tardó muchos minutos en lograr que Oliva finalmente le explicara. 

El día de su cumpleaños Oliva había caído rendida en un sueño profundo. Éste sueño empezó con su fiesta, Oliva estaba rodeada de sus invitados y estaba por empezar a abrir sus regalos. Escuchaba a lo lejos que varios de los príncipes se reían, pensó que sólo se divertían en su fiesta. Cuando abrió el primer regalo, casualmente de uno de los príncipes, se encontró con una caja llena de criaturas pegajosas. Oliva soltó un grito y tiró la caja al suelo. De ésta empezaron a saltar docenas de sapos asquerosos. En un momento todas las cajas se empezaron a mover y de ellas salían serpientes, sapos, arañas y toda clase de alimañas. Oliva estaba consternada y los príncipes no paraban de reír. Así que, se acercó a su pastel, pidió un deseo con todas sus fuerzas y apagó las velas.

A la mañana siguiente Oliva había despertado con los gritos de horror, sin saber qué pasaba. Cuando se enteró de lo que había sucedido a los príncipes supo que ella, de alguna manera, había sido la causante. Por eso es que había esperado el momento oportuno para escapar y esconderse.

La Reina volteó a ver a su hija, a quien había escuchado pacientemente y le dijo:

- Ay, mi dulce Oliva, ésa clase de hechizos sólo los puede hacer una bruja malvada. Tu no tienes ni una gota de maldad en todo tu cuerpo. Probablemente tu sueño fué una coincidencia, o incluso una premonición preparándote para lo que iba a suceder. Vamos, ven conmigo, tu papá debe estar muy preocupado. Y no te preocupes, vamos a encontrar a quien haya realizado el hechizo contra tus invitados.

La pequeña princesa aceptó ir con su mamá, aunque en el fondo aún se sentía culpable. El rey estaba encantado de ver a su hija sana y salva. Sentó a Oliva y le explicó lo que estaba sucediendo. El rey y la reina le contaron sobre aquella leyenda que presentaba ahora la única solución.

-¡No lo haré!- contestó las princesa y salió corriendo a su habitación.

Todos en el reino estaban esperando ansiosos a que los pequeños príncipes fueran retornados a su forma original, mientras tanto el rey y la reina sentían la presión por ayudarlos, pero no querían obligar a Oliva a hacer algo que no quería.

El rey mandó a uno de sus heraldos a llamar a una bruja buena que sabía que vivía en lo más profundo del bosque. Prontamente regresó el mensajero con la bruja. Era una anciana, nadie sabía qué edad tenía pues siempre había sido una anciana, con nariz de cuervo y el cabello blanco como la nieve y tan largo que lo arrastraba varios metros detrás de ella.

-Estimada señora,-le dijo el rey- gracias por venir tan rápidamente. No sé si habrá escuchado del dilema en que nos encontramos, pero necesitamos su ayuda.

-Sé perfectamente a qué dilema se refiera, su majestad.-contestó la bruja- Ayer por la noche vi una luz verde llenar la oscuridad, una luz verde que inmediatamente reconocí como magia negra. En cuanto a ayudarlos, la solución más sencillas sería el beso de una princesa, pero ya me dijo el heraldo que fue por mí que todas las princesas desaparecieron y Oliva se rehúsa a hacerlo. La única otra solución a éste tipo de encantamiento es destruir a aquel que haya creado la maldición. Ésta clase de maldiciones generalmente son precedidas por una advertencia de algún tipo, si descubrimos cuál fue en ésta ocasión, podremos encontrar al responsable.

Todos en el palacio escuchaban atentamente a la vieja bruja. La reina estaba nerviosa por revelar el secreto del sueño que había tenido Oliva, pero por el bien del reino, le contó a la hechicera lo que su hija le había revelado. Ella escuchó el relato de la reina y, tras un momento de silencio, pidió hablar con la princesa a solas.

La bruja entró a la habitación de Oliva y encontró a la princesa sentada en su cama, viendo por la ventana. Olivia volteó, vio a la bruja y sin hacer más caso a su presencia siguió viendo por la ventana.

-Hola Oliva, yo soy la bruja buena del bosque, veo que no me tienes miedo como la mayoría de los niños. Eres una princesita muy valiente.

-No soy valiente,- dijo Olivia- sólo que usted no me da miedo. Ya la había visto en un sueño y sé que no me puede lastimar.

-Eso es muy interesante Oliva, pareces tener muchos sueños de ése estilo, ¿no?

-A veces, ¿porqué, quién le dijo?

-Pues verá cuando te rehusaste a ayudar a los príncipes, me mandaron llamar. En el momento en que les hice saber a tus padres que decía haber una señal preventiva a la maldición, la reina me informó de tu sueño de anoche.

-Bueno, pues mi mamá no le debió decir eso a usted ni a nadie, y ya no quiero hablar de eso.

Oliva se volteó abruptamente, cruzó sus brazos e hizo su mejor cara de puchero. La bruja había escuchado hablar de la singular belleza de la princesa, pero ahora que había podido ver sus ojos había notado algo más que sólo ése singular color aceituna. A través del cuarto poco alumbrado, había visto pequeños destellos verdes intenso en los irises de la princesa.

-Oliva, hace muchos muchos años, antes de que nacieran el rey y la reina, incluso antes de que nacieran el rey y la reina anteriores, un día caminando en el bosque me encontré a un hombre. En seguida noté que era un forastero y lo invité a mi casa a tomar y beber algo. Él aceptó muy agradecido y cuando terminó de comer me contó la más extraña historia. Él venía de un reino, no muy lejos de aquí, de donde había tenido que salir huyendo.

La princesa seguía haciéndose la indiferente, pero escuchaba la historia de la bruja con gran interés.

-Verás, Oliva, en el reino del cual venía ése hombre había una hermosa reina. Todos la aclamaban por su bondad y belleza, pero un día el esposo de la reina falleció y el reino se vio azotado por una terrible maldición que convertía a todos los hombres en sapos. Nadie sabía que lo había causado, pero empezaron a notar diferencias en la reina. Se había vuelto más recluida y cuando alguien llegaba a verla, notaban en sus ojos algo distinto, algo que antes no estaba ahí. Un pequeño brillo verde intenso.

Oliva escuchaba la historia de la bruja, mientras que sus nervios aumentaban. Mantenía su mirada en la ventana, viendo su reflejo.

-Poco después un hechicero descubrió la causa de la maldición. La reina, por más bondadosa y linda que era, cargaba dentro de sí algo más, algo oscuro. El hechicero no la pudo ayudar, ya era demasiado tarde para ella, y es por eso que el hombre había huido y terminado en el bosque donde yo vivo.

Al terminar la historia de la bruja, Oliva volteó a verla. Sus ojos tan particulares llenos de lágrimas.

-Yo le dije a mi mamá que era mi culpa.  No fue a propósito. No lo quería hacer. Fue sólo un sueño.- dijo la princesa, mientras no paraba de llorar.

La bruja se acercó a ella y la abrazó para tranquilizara, acariciando su hermoso cabello rojo.

-Tranquila pequeña, no es tu culpa. Todos tenemos una parte oscura dentro de nosotros, la tuya solamente se manifiesta de una forma mayor. Lo importante es qué hacemos para que no se salga de control.

Finalmente logró tranquilizar a la princesa y, juntas, crearon un plan. Oliva se presentó ante el rey y la reina, se disculpó por no haber querido ayudar y pasó el resto del día y parte de la noche besando a cada sapo para convertirlo de nuevo en príncipe.

Después de ése día Oliva iría todos los días durante el resto de su vida a visitar a la bruja del bosque. Hablaban de sus sueños, todo lo que la molestaba y la bruja le enseñaba a descargar sus malos pensamientos de una manera positiva. Oliva se volvió una gran hechicera y sus ojos regresaron al hermoso color aceituna por el que la habían nombrado.