Cathair na Solas

   Hace muchos, muchos años, en el suroeste de Irlanda había una ciudad de belleza sin igual llamada Cathair na Solas (ciudad de la Luz). Los habitantes de esta ciudad eran descendientes de la diosa Dana, pero su sangre divina estaba tan diluida que lo único que conservaron fue una belleza e inteligencia superior, así como una semi-inmortalidad que les permitía vivir cientos de años. En este reino había una joven princesa, de apenas ciento dos años, llamada Croice. Ella sabía que sus padres ya estaban al final de su larga vida y que pronto tendría que tomar un marido y regir sobre la ciudad. Resulta que Croidho, el hijo mayor de una de las familias más influyentes de Cathair na Solas, era su mejor amigo de la infancia y con los años había crecido en él un amor por Croice tan intenso como el calor del sol.

 

   Un día, después de pasar varios años en cama, la reina finalmente murió. El rey estaba tan desconsolado que a los pocos días también falleció. Croidho apoyó a Croice en todo y, después de algunos años, le propuso matrimonio. Ella quería mucho a Croidho, pero no sólo no quería casarse con él, no quería casarse nunca. Con el afán de no lastimarlo le dijo que lo pensaría. Una noche la joven reina soñó con algo que la sorprendió. En su sueño sus manos producían ráfagas de viento helado. En la mañana se despertó y de pronto sabía lo que quería hacer. Mandó llamar a todos sus súbditos y les dio la noticia. Había decidido que el matrimonio era algo que los hombres obligaban a las mujeres a hacer y que ni ella ni ninguna Cathairiana tendría que pasar por eso nunca más y desterró a todos los hombres de la ciudad. El corazón de Croidho se rompió al escuchar a su amada decir esas palabras, pero él, y todos los hombres, siguieron las órdenes de la reina y se fueron.

 

   Croice pasó los siguientes días temiendo que volvieran y la despojaran de su trono o la obligaran a contraer matrimonio, pero un día despertó, después de otra noche de soñar con aire helado saliendo de sus manos, para darse cuenta de que estaba rodeada por un pequeño círculo de nieve. No entendía lo que pasaba, pero tras consultar los libros de historia descubrió que sus antepasados habían poseído poderes que les permitían controlas los elementos. Después de este descubrimiento, Croice pasó varias noches practicando su nuevo poder, hasta que logró controlarlo. Una noche la reina esperó a que se oscureciera y se fue a la orilla de la ciudad. Había ideado la forma de asegurarse de que los hombres no pudieran regresar. Concentró todo su enojo y su miedo, de modo que para el amanecer había logrado que un enorme muro de hielo rodeara la ciudad. Las demás Cathairianas estaban horrorizadas. El muro era tan imponente que sobrepasaba los edificios más altos de la ciudad y envolvía a la ciudad en una semi-penumbra.

 

   Pasaron los años y las habitantes de la ciudad se fueron acostumbrando a la gran muralla, incluso dejaron de pensar en los hombres por completo, pero en el año siguiente al centenario del levantamiento ésta, las Cathairianas empezaron a morir prematuramente. Ninguna de ellas parecía llegar a su séptimo centenario, lo cual era por lo menos doscientos años muy pronto para que un Cathairiano muriera. Todas creían que algo tenía que ver con la falta de hombres y expresaron sus sospechas ante la reina, pero ella les aseguro que no era esa la razón y que ella encontraría cuál era y lo arreglaría. Después de que otro centenario pasara y no encontraran ninguna otra razón para éstas muertes prematura, Croice se encontraba ya muy preocupada.

 

   Unos años antes habían empezado a notar que habían luces y ruido provenientes del otro lado del muro, por lo que sabían que allí había alguna especie de poblado. Una noche, Croice decidió que ya era tiempo de deshacerse del muro, por el bien de la ciudad, pero cuando intentó usar su poder para quitarlo, nada pasó. La reina pasó muchas noches intentando, en vano, quitar el muro. Cuando su poder no sirvió intentó con picahielos, piedras, incluso con fuego, pero nada servía. Años después, la población de Cathair na Solas estaba considerablemente disminuida.

 

   Una noche, en el tercer centenario del destierro masivo, Croice empezó a notar que el enorme muro perdía altura. En las próximas horas éste fue desapareciendo, poco a poco, hasta que, en la mañana, ya no estaba ahí. Croice, junto a las demás Cathairianas, esperaba junto a la muralla, del lado en donde estaba la población. Cuando éste desapareció, ellas esperaban ansiosas para saber quién había logrado ese milagro. Había cientos de personas esperando del otro lado, que les explicaron que el poblado se llamaba Fuar y que a su ciudad la conocían como Sioc, lo cual parecía muy apropiado. Le dijeron a la reina que la desaparición del muro se la debían a un misterioso forastero e inmediatamente lo presentaron ante ella. Croice reconoció a su único amor, Croidho. Éste le explicó que habían muerto todos los otros hombres años atrás y que él había descubierto que tenía el poder de controlar el fuego y el calor y con eso había destruido el muro. Ella le contó lo que había pasado en la ciudad y, declarándole su eterno amor y agradecimiento, lo invitó a reinar a su lado. Croidho había esperado toda su vida para oír esas palabras e inmediatamente aceptó.

 

   Unos días después se celebró en el castillo de la, nueva nombrada, ciudad de Sioc un banquete en honor al nuevo rey. Al caer la noche Croidho se fue a la frontera, al lugar en donde había pasado tantas noches observando el muro que Croice había levantado para mantenerlo fuera de la ciudad y, desde ese lugar, usó su poder de nuevo. Vio como la hermosa ciudad era envuelta por un muro de llamas. Y lo último que vio antes de alejarse de ahí y dejar que el fuego la consumiera con todas sus habitantes, fue a Croice, en la puerta del castillo, con una lágrima en su mejilla.